Comienzos de casualidades

Comienzos de casualidades

Verano de 2017, este el momento en que inauguro mi aventura creativa y empresarial que tantas vueltas en mi cabeza le he dado.

Y hace justo cien años el modisto Cristóbal Balenciaga abrió su primera tienda en San Sebastián. Mera coincidencia, pero son de esas casualidades bonitas que gustan que surjan cuando las descubres. Ya que, es la obra de Balenciaga, la que siempre mas he admirado, estudiado y disfrutado con la mirada. Año 1917, mientras rodaban cabezas de zares por Rusia y se cosechaba la I Gran Guerra, un joven de Guetaria decide ofrecer al mundo su desconocido talento, que pronto adquirió reconocida fama nacional e internacional.

Mi vida no empieza exactamente en una máquina coser a los 12 años, como la suya, gracias a su madre Martina Eizaguirre, costurera de la VII Marquesa de Casa Torres (abuela de la futura reina Fabiola de Bélgica, la cual también se casó con un vestido de Balenciaga).

Recuerdo que tenía unos seis años cuando mi abuela, Francisca Hernández, quién, en las tardes de verano barroseñas, justo después de comer cuando los adultos dormían la siesta, me dejaba utilizar su máquina de coser, me enseñó como hilvanar y me daba varios retales de telas para que confeccionaría prendas para mis muñecas Barbies. Sobre mis andróginas modelos, rápidamente me di cuenta que, de manera intuitiva e instintiva, conocía el proceso de la confección de la indumentaria. Ese fue el kilometro cero de una actividad que acompañaría mi vida desde entonces, y lo que para Balenciaga se convirtió desde un principio en su profesión, mi hobbie adoptó forma académica cuando me mudé a Edimburgo.

Paquita se casó a la edad de 19 años con Baldomero, hijo de un sombrerero de Badajoz. A escena entra la tía Benita, famosa en toda la ciudad, por su buena mano para la costura. Pocos años después de que acabara la Guerra Civil española, Paquita y la tía Benita viajan a San Sebastián para asistir a un desfile que la casa Balenciaga ofrecía. La señora y la joven tomaron sus asientos y mientras Paquita observaba maravillada la muestra, Benita, con cuaderno y lápiz, tomaba apuntes y hacia figurines de todo lo que veía, algo que avergonzaba a su acompañante. El resultado no fue otro que un precioso traje de novia, calcado al de la pasarela, inspirado y copiado a los de Balenciaga, y que causó gran asombro en una España seca por la guerra, de cartillas de racionamiento y pocas vanidades.

La primera pregunta que hice después de oír esta estupenda historia fue obviamente, ¿y donde esta el vestido? Cualquiera sabe… quizás en algún baúl de alguna tía abuela en Badajoz, o lo más probable perdido. De tenerlo, probablemente lo hubiese ofrecido en donación al Museo de Balenciaga, junto con su legado, aunque no fuese una pieza original, si fue un fiel reflejo, el cual solo podemos contemplar la foto que abre este post.

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